01 octubre 2009

En Cadena, un proyecto de Rubén Santiago.

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Rubén Santiago presenta En Cadena, un proyecto realizado a lo largo de los 3.900 kilómetros que separan la ciudad griega de Olympia y Madrid. Justo un día antes de que el COI se pronuncie sobre qué ciudad será sede de las Olimpiadas de 2016 y entre las que se encuentra la candidatura de Madrid, que 400.000 personas apoyaron en sus calles el pasado domingo.

La exposición recoge el proceso desarrollado desde que el artista encendiera su particular antorcha ante el templo de Hera, empleando un sistema de espejos similar al que se usa cada cuatro años para dar inicio al ritual de los Juegos Olímpicos. Pero en esta ocasión, la antorcha encendida por los rayos del sol no fue una tea, sino un cigarrillo.

Esta "antorcha" fue transportada en automóvil por Ruben Santiago a través de ocho países durante siete días. Durante este tiempo, el fuego original permaneció incandescente en una cadena contínua en la que cada nuevo cigarrillo era encendido con los restos del anterior, manteniendo una cadencia similar a la del relevo de atletas que el olimpismo moderno ha hecho universalmente reconocible.

El jueves 1º de octubre a las 20 horas, esta llama olímpica será depositada en el espacio de arte contemporáneo Off Limits de Madrid (Escuadra 11 bajo, Lavapiés) dando fin a su recorrido.

La muestra, que será inaugurada el día antes de que el COI (Comité Olímpico Internacional) haga pública la sede elegida para acoger los Juegos Olímpicos del 2016, propone una mirada crítica e irónica a los esquemas de poder y regulación de la sociedad contemporánea.

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En Cadena reflexiona sobre los mecanismos de construcción de la memoria colectiva y la dotación de valor simbólico a ciertos elementos y rituales establecidos por el paso del tiempo.

Además de ofrecer el fuego olímpico en su correspondiente pebetero, Ruben Santiago presentará su vídeo " Olympia 2009", una inversión conceptual del film homónimo de Reni Riefenstahl "Olympia 1936", el primer documento cinematográfico en registrar unas olimpiadas, en este caso las celebradas en Berlín en el año 1936 auspiciadas por el gobierno de Adolf Hitler.

Así, En Cadena plantea la poco conocida relación que existe entre la llama olímpica y el régimen nazi, precursor en la utilización de este símbolo ahora considerado como elemento universal: la llama olímpica.

Por extensión, Ruben Santiago pone en evidencia las bases históricas del aparato propagandístico y geopolítico que se esconde detrás de la organización de unas Olimpiadas.

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Igualmente, el proyecto indaga en el origen histórico de las campañas estatales anti tabaquismo, impulsadas por vez primera desde el régimen nazi mediante la implantación de normas y prohibiciones similares a las que hoy en día han adoptado la mayor parte de paises occidentales.

Con motivo de esta exposición, se presentará una edición que recoge el proceso llevado a cabo en este proyecto y reflexiona sobre las intersecciones entre deporte y política, contando el presente texto de Daniel Villegas:



Anillos de humo

Daniel Villegas

Existe un prejuicio historiográfico-popular que sostiene que 1945, con el final de la Segunda Guerra Mundial y el hundimiento de los regímenes del Eje, supuso el acta de defunción de los elementos ideológicos constituyentes del espacio fascista-totalitario. El triunfo de la democracia liberal abría una nueva era en la que quedaba definitivamente extirpado aquel cáncer. Sin embargo, esta cuestión resultaría más compleja y problemática. En diferentes ámbitos --tecno-científico, empresarial, administrativo, social, político-propagandístico, deportivo o cultural entre otros-- se puede rastrear la pervivencia de partículas activas propias de estos sistemas aparentemente sepultados.

La propaganda de los sistemas democrático-liberales se ha esforzado en desviar la atención de ciertos fenómenos de continuidad de aspectos provenientes del ámbito fascista-totalitario. En definitiva, su legitimación se basa en la derrota total de aquella aberración. Esta operación se artículo en una progresiva despolitización social y en la implantación del credo sin fisuras en la economía de mercado. Fin de la historia, alcanzado el horizonte histórico de expectativa, el capitalismo se instituye como formula única que garantiza la permanencia en el puerto de destino del progreso social en su perfectibilidad. Estas son las coordenadas que conforman nuestro hábitat contemporáneo y que la reciente crisis económica apenas ha perturbado, pese a la gravedad con la que los expertos económico-mediales la han calificado. Cualquier tentativa crítica ha sido atajada rápidamente debido a la liquidación de las alternativas, excepto las de consumo, que hasta tres décadas atrás todavía operaban aunque sólo fuera en el terreno crítico .

La democracia liberal se ha encargado de borrar las huellas que los mecanismos propios de la ideología fascista-totalitaria ha impreso en la configuración de su supremacía, al tiempo que ha calificado como perteneciente a tal estirpe política cualquier alternativa crítica, que se haya podido articular en las últimas décadas, con la finalidad de eliminar cualquier atisbo de desacuerdo y, como señala Slavoj Žižek, de pensamiento: "A lo largo de toda su trayectoria, el «totalitarismo» ha sido una noción ideológica que ha apuntado la compleja operación de «inhibir los radicales libres», de garantizar la hegemonía demoliberal; ha permitido descalificar la crítica de izquierda a la democracia liberal como el revés, el «gemelo» de las dictaduras fascistas de derechas [...] en lugar de permitirnos pensar, y obligarnos a adquirir una nueva visión de la realidad histórica que describe, nos descarga del deber de pensar e incluso nos impide activamente que pensemos." Nos encontramos ante un mecanismo de inversión mediante el cual la democracia liberal logra, por una parte, eliminar, o marginalizar al menos, cualquier opción que no sea la propia y, por otra, exorcizar, aparentemente [propaganda], ciertos elementos activos en su estructura provenientes de la incomoda pervivencia de la herencia fascista-totalitaria. Qué mejor manera de llevar a cabo esta operación que acusar de aquello que causa, en lo concerniente a los problemas de legitimación, incomodidad, acaso culpabilidad, a los oponentes ideológicos.

De este modo, es posible que se hayan naturalizado, en nuestro contexto demoliberal, determinados fenómenos cuya importancia central, en términos socio-políticos, encuentra su origen fundamentalmente en el fascismo y el nacionalsocialismo. Se tratarán aquí dos asuntos que pertenecen a esa genealogía de fenómenos persistentes que resultan determinantes en la construcción de la hegemonía de la democracia liberal. La incuestionable importancia medular y benignidad del deporte, en concreto la dimensión simbólica del olimpismo y sus ritos, y la mitificación de la salud, centrada esta cuestión en la erradicación del tabaquismo, constituyen los asuntos que anteriormente se han anunciado. Su elección, entre los muchos de esta clase que podrían ser analizados, viene sugerida por ser éstos los aspectos que trata [problematiza], mediante conexiones complejas, Rubén Santiago en su proyecto En cadena.

En lo relativo al deporte parece inconcebible, hoy en día, que nadie cuestione su valor . Dejando de un lado los intereses mediático-económicos, que son muchos y poderosos, la institución deportiva ha devenido incuestionable en las sociedades actuales, desde una perspectiva política y moral [pese a los esfuerzos por parte de los propagandistas del deporte de deslindar éste especialmente de lo político ]. Cualquier argumento en contra sería considerado como propio de un radicalismo que se enfrentaría frontalmente con uno de los valores más asentados de lo democrático. Pero ¿podría ser considerada esta postura totalitaria gracias al uso del instrumento de inversión antes descrito? Aquí la cuestión se torna más compleja, ya que el germen de la exaltación de lo deportivo, en términos modernos, se halla precisamente en el ámbito del fascismo italiano , el nazismo e igualmente, pero en coordenadas distintas que difieren en asuntos esenciales con las condiciones en las que se produce el deporte actual, en la Unión Soviética . En cualquier caso, de forma embrionaria los aspectos deportivos asociados al terreno político, en la órbita del nacionalismo , se encuentran ya en la sociedad burguesa decimonónica con el nacimiento del concepto moderno de deporte.

Los orígenes del deporte moderno se encuentran en Inglaterra, en el último tercio del siglo XIX, y en la difusión por parte de ésta al resto de la Europa continental primeramente, y al resto mundo con posterioridad, a través de asociaciones y clubes deportivos fundados en colonias e industrias implantadas en el extranjero, y en aquellos lugares donde los ingleses practicaron el comercio. En estos clubes y asociaciones: "En todos los casos, la competición encontró su justificación en el lamarquismo y el positivismo: tiene como objetivo mejorar la raza equina, la raza humana o la tecnología de las embarcaciones..." . El mejoramiento de la raza, y por extensión la competencia racial-nacional por la supremacía, en relación con la práctica deportiva fue uno de los argumentos sostenidos de forma más insistente en el nacimiento y desarrollo del deporte moderno, cuestión amplificada por el fascismo y exacerbado por la política racial nazi. No obstante, existe otra razón que explica la creciente importancia de lo deportivo en regímenes políticos aparentemente opuestos como son las democracias burguesas decimonónicas, pese a la aparición en este ámbito ciertos recelos que frente a la práctica deportiva, y los sistemas fascistas y totalitarios. Dicha coincidencia se fundamentó, tal y como señaló Michel Foucault en relación con las instituciones del nuevo Orden, en el nacimiento de la sociedad disciplinaria. Es indudable las ventajas, en lo relativo al deporte, de articular un sistema de formación física disciplinaria, en los establecimientos de educación de la infancia y la juventud o en otro tipo de organizaciones sociales, y de regular el ocio creciente en las sociedades burguesas del siglo XIX al servicio del control social. En este sentido, siguiendo la terminología foucaultiana, la práctica deportiva acabó instaurándose como elemento disciplinario de primer orden con el objeto de construir cuerpos dóciles. Este extremo ha sido un engranaje fundamental en el desarrollo de lo deportivo, en términos instrumentales, como elemento de referencia en las diversas sociedades modernas. Sin embargo, la actual glorificación del deporte, aunque heredera de los mecanismos citados, responde a un esquema más complejo. Ciertos aspectos del fenómeno deportivo se han amplificado, como su dimensión espectacular en relación con la sociedad del ocio y el consumo, y, pese a las campañas de fomento de la actividad física, resulta más interesante, desde una óptica disciplinaria, el consumo pasivo del espectáculo deportivo que su práctica generalizada.

El vehículo fundamental a través del cual el deporte fue alcanzando cotas de mayor relevancia, en las sociedades occidentales primero y más tarde en las del resto del mundo, fueron los Juegos Olímpicos. La carga simbólica de estos eventos, que ha representado la ritualización de lo deportivo a escala internacional, ha sido fundamental en la construcción de la actividad física como referencia de primer orden. Desde sus inicios, con la celebración de los Juegos Olímpicos de Atenas de 1896 , el organismo promotor el COI , que no es otra cosa que una organización empresarial y cuyo éxito comercial actual es evidente, tuvo muy claro, dejando aparte los principios humanistas recogidos en su Carta Olímpica, lo que propiciaban las relaciones deportivas internacionales en lo relativo al espectáculo y propaganda política , dirigiendo éstas a: "un esfuerzo propagandístico: en este sentido, las victorias deportivas de un equipo nacional contribuyen a reforzar la imagen de identidad, la fuerza y la eficacia, incluso la legitimidad de un régimen político. En los años treinta del siglo pasado, la fascinación de una parte de la población francesa por los regímenes autoritarios se nutrió de los éxitos de los atletas italianos y alemanes, ya que eran considerados como prueba palpable de cómo la voluntad política podía contribuir a la reconducción nacional y al mejoramiento de la raza." Precisamente fue en el contexto de la Italia de Mussolini y en la Alemania de Hitler, en especial, donde estas directrices fueron cumplidas con tal eficacia que establecieron las bases de la futura significación del deporte como instrumento de propaganda y legitimación.

Los Juegos Olímpicos de Berlín de 1936 supusieron el momento clave del proceso de exaltación y espectacularización de lo deportivo , como quedo registrado en la película Olympia que sobre el evento realizó Leni Riefenstahl, y que desde entonces no ha dejado de crecer. El nacionalsocialismo se encontró con una designación olímpica previa a su ocupación del poder en Alemania. Existieron reticencias en el contexto ideológico del nazismo a la organización en Berlín de unos Juegos Olímpicos, especialmente por parte de los que defendían como deporte genuino alemán [asociado a esta ideología] los ejercicios gimnásticos «Turner», debido a que, en principio, los Juegos pretendían ser una celebración de la diversidad cultural y racial internacional, principios éstos recogidos en la Carta Olímpica. Sin embargo, el ministro de propaganda "[...] Josef Goebbels, se había dado cuenta de que los Juegos representaban una espléndida oportunidad para demostrar la vitalidad alemana y su capacidad organizativa."

Del mismo modo, existía una clara vinculación simbólica entre los Juegos, nacidos en la antigüedad clásica, y ciertos aspectos de la mitología nazi concernientes a la fascinación del Tercer Reich por la cultura griega . Igualmente "hubo muchos [otros] elementos contenidos en el concepto olímpico susceptibles de ser tergiversados por la cosmovisión nazi. También el culto al cuerpo, iniciado a principios del siglo XX entre círculos nacionalistas e intensamente fomentado por el nazismo, halla una óptima expresión en la idea olímpica, mientras que la competición deportiva se quiso ver la representación de las ideas pseudodarwinistas de la lucha por la vida y la victoria del más fuerte." Ciertamente, como indica Rosa Sala, el nacionalsocialismo tergiversó determinadas asuntos, pero no es menos cierto que contó con, al menos, la connivencia de personas y organismos que aparentaban defender otros principios, desde el espacio político democrático antecesor de las actuales sociedades demoliberales, siendo el caso más paradigmático el del fundador de los Juegos Olímpicos modernos Pierre de Coubertin . Pero el barón no ha sido el único en la historia del movimiento olímpico que, de un modo u otro, ha establecido relaciones con el contexto ideológico fascista-totalitario. Ejemplo cercano lo constituye el que fue presidente del COI entre 1980 y 2001 Juan Antonio Samaranch . Resulta revelador que lo que no consiguió la recién proclamada Republica Española lo consiguiera este personaje proveniente del fascismo franquista, décadas más tarde, en lo que serían al fin unos Juegos Olímpicos en Barcelona en 1992.

Volviendo a Berlín 1936 existieron, de igual manera, reservas en el contexto internacional [especialmente en Estados Unidos y Francia donde se estuvo barajando la posibilidad de boicot e igualmente en España y en la Unión Soviética donde se hizo efectivo ] a la organización de unos Juegos Olímpicos por parte del régimen nazis. Dicha resistencia se basó en el desajuste de principios existente entre el movimiento olímpico y el sistema político nacionalsocialista, en general, y en particular en lo referente a la política racial nazi que perseguía a la comunidad judía , incluyendo los deportistas de este origen. Fue en los Estados Unidos donde la idea del boicot tomo mayor cuerpo, debido a la importancia de la comunidad judía en aquel país. Los recelos fueron vencidos, principalmente, por la acción de Avery Brundage, presidente de la Asociación Olímpica Americana, que a partir de la celebración de los Juegos [y como recompensa a sus esfuerzos] fue nombrado representante de los EE.UU. en el COI. Éste convenció a las instituciones de no realizar el boicot mostrando, para tal fin, ciertos rasgos de perfil bajo en la órbita del antisemitismo, relativamente popular en los Estados Unidos de la época, pasando por alto la discriminación sufrida por los deportistas judíos del equipo nacional alemán. Cierto es que la campaña de terror contra los judíos no había comenzado aún, pero existían numerosas señales que lo auguraban como el eslogan aparecido en la prensa nazi con motivo de los Juegos: Wenn die Olympiade vorbei, schlagen wir die Juden zu Brei! [Es decir: "¡Cuando la Olimpiada termine haremos a los judíos picadillo!"]

Los Juegos Olímpicos de Berlín en1936 establecieron un modelo deportivo propagandístico , articulado a través del incipiente espectáculo moderno, que en numerosos aspectos ha sobrevivido, e incluso potenciado, hasta la actualidad. El nacimiento, aunque ya existía el germen en las democracias burguesas en su apropiación del mito griego, de la figura del héroe deportivo nacional, corresponde a aquella época, donde se propagó gracias al aparato propagandístico nazi y, especialmente, a través de la película Olympia de Leni Riefenstahl. Esta imagen se ha amplificado desde entonces, y en el momento actual parece clara la importancia de este héroe en las sociedades demoliberales. En este contexto esta figura resulta incuestionable en su significación popular como representación del espíritu nacional. Tanto da, en términos de popularidad, que aquellos deportistas que forman parte de las mitologías nacionales tengan un comportamiento abiertamente insolidario, o fraudulento, con sus conciudadanos, desviando sus ganancias a paraísos fiscales, o que en el terreno de las organizaciones deportivas locales, particularmente en los equipos de fútbol, las grandes estrellas, que eventualmente se identifican sin fisuras con la tradición del club donde militan, resulten ser meros mercenarios.

Otro aspecto en el terreno de los ritos simbólicos y que quedó fijado como uno de los más queridos por el movimiento olímpico, perpetuado de forma acrítica hasta el momento presente, nació, asimismo, de la cosmovisión nazi en relación con los Juegos. Este no es otro que la ceremonia de encendido de la antorcha en Olimpia y el traslado de este fuego sagrado a la sede de los Juegos, en este caso Berlín, mediante relevos. Aún existiendo en la Grecia clásica algunos ritos en relación con el fenómeno de la llama olímpica y las carreras de relevos con antorcha [pero nunca en conexión con los Juegos Olímpicos] la instauración de la ceremonia en su versión contemporánea tiene su origen en la simbología nacionalsocialista.

La antorcha fue un símbolo preferente en el nazismo, herencia de ciertas tradiciones germánicas, a tal punto que la celebración de la toma de poder de Hitler, el 30 de enero de 1933, consistió en un desfile de antorchas. De hecho, la antorcha fue usada con asiduidad en los actos de todo tipo del Tercer Reich. Éstos consistían en un espectáculo donde se reunían multitud de antorchas contrastadas habitualmente frente al cielo nocturno. "Estos impresionantes efectos visuales y propagandísticos eran completados con la extraordinaria riqueza simbólica que tenía la antorcha dentro de la cosmovisión nazi. Su simbolismo moderno como portadora de luz y progreso fue debidamente adaptado a los valores racistas del nazismo después de que, en 1842, el británico Thomas Arnold estableciera una perniciosa vinculación entre raza y progreso al afirmar que la antorcha de la civilización había ido pasando de raza en raza: primero habría estado en posesión de las griegos, después de los romanos, y, finalmente, como cúspide de la cultura cristiana occidental, de los germanos, quienes, habrían preservado el legado de la Antigüedad y desarrollado la civilización medieval. La idea del relevo y de la herencia directa del legado griego que Arnold asociaba a la antorcha encontró su manifestación más palpable en las Olimpiadas de Berlín de 1936 [...]"

Resulta irónico que la invención de este rito, vinculado plenamente en lo simbólico a los principios raciales del nacionalsocialismo, fuera invención de Carl Diem quién, como ya se ha señalado, estaba casado con una mujer de origen judío. Asimismo, es paradójico que el olimpismo, que ocupa al igual que el deporte en general un papel simbólico central en las presentes democracias occidentales, haya mantenido y fomentado esta ceremonia sin autocrítica alguna. Quizá esto sea así "[...] en gran medida gracias a que en su escenificación se jugó con la duplicidad del nuevo ritual, pues, bajo la aparente recuperación de una tradición griega original, permitía infiltrar contenidos ideológicos fascistas en unos juegos que teóricamente glorificaban la concordia e igualdad de las naciones."

Retomando el segundo fenómeno, al que se ha aludido con anterioridad, perteneciente a esa estirpe relacionada con la pervivencia de elementos constitutivos del espacio fascista-totalitario, se abordará la mitificación de la salud. Este asunto está directamente relacionado con el deportivo, tratado anteriormente. La actual hipertrofia de la relevancia de la salud, tiene ciertos componentes cuyas raíces se hunden en el espectacular desarrollo científico-medico acaecido con el proceso de modernización, en las sociedades decimonónicas burguesas, y que encontró, al igual que con el deporte, su exaltación, de modo particular, en el contexto nacionalsocialista. Dejando a un lado las legitimas aspiraciones a eliminar, en la medida de lo razonable, las consecuencias no deseadas de la enfermedad, la salud y la higiene, como instrumento para su consecución, se fueron perfilando a lo largo del siglo XIX como otro sistema más de control y disciplina social siguiendo los argumentos, ya señalados, de Foucault. Esta situación se desarrolló hacia lugares que obedecían más a mandatos ideológicos y de ingeniería social que a términos netamente sanitarios, que encontrarían su máxima expresión en el nazismo. En este ámbito lo sanitario y lo higiénico se convirtieron en fórmulas eufemísticas para referirse a mecanismos de control basados en la exclusión y el exterminio . Existen numerosas referencias a estas cuestiones en la política racial nazi, cuya herramienta fundamental fue la eugenesia cuyo uso, por otra parte, no fue privativo del Tercer Reich, ya que era un fenómeno que se venía larvando en el contexto de las democracias burguesas .

Si bien es cierto que la democracia liberal contemporánea ha rechazado estas prácticas de forma frontal, la obsesión por la salud, fomentada entre otras instancias por los intereses de la industria farmacéutica, ha llevado a la ocultación social de la enfermedad, la deformidad, del propio proceso degenerativo del cuerpo y por extensión de la vejez en favor de un modelo de cuerpo joven y vital, en una sociedad que venera cierta imagen física y simbólica de la juventud, como sinónimo de buena salud y, de consuno, de ideal a seguir por los componentes de estas sociedades. Tal circunstancia permite vislumbrar la pervivencia de elementos simbólicos, que se traducen en consecuencias reales sobre las personas de un modo más o menos expeditivo, del entorno fascista-totalitario en el terreno de lo sanitario.

En esta situación se explican las campañas contra el tabaquismo, sin perder de vista los beneficios económicos que reportan respecto del gasto sanitario del sector de seguros de salud o del sistema sanitario público. A este último argumento se podría objetar que las influyentes compañías tabaqueras perderían parte de sus beneficios, lo que descartaría que fuera una iniciativa vinculada a lo económico [factor guía de la democracia liberal]. Sin embargo, desde hace años el mercado más importante de dichas empresas no lo forma el mundo occidental, practicando alguno de sus gobiernos una política comercial que podría calificarse de algo más que agresiva, en aquellas zonas del mundo donde la incidencia del tabaquismo en la población les trae sin cuidado, como señalaba Noam Chomsky . Igualmente habría que mencionar que el mercado occidental dejó de ser interesante, entre otras cosas, por la creciente impopularidad del tabaco y por las indemnizaciones millonarias que las compañías tuvieron que abonar a fumadores afectados por cáncer, que habían interpuesto demandas contra las mismas en los Estados Unidos. Esta situación llevó a estas empresas a diversificar el negocio, como el caso de la inversión en la industria alimentaria de Philip Morris.

En cualquier caso, la obsesión higiénico-sanitaria contemporánea y, más concretamente, la lucha contra el tabaquismo, tiene en el nacionalsocialismo un indiscutible antecedente u origen en lo relativo al consumo de tabaco: "Se puede atribuir a la medicina del Tercer Reich el mérito de haber sido la primera en demostrar de manera fehaciente la existencia de una vinculación entre el tabaquismo y el cáncer de pulmón gracias a los estudios de Franz H. Müller (1939) y Eberhard Schairer (1943). Los resultados obtenidos por estos investigadores encajaban óptimamente en la concepción nazi de salud pública, centrada en las virtudes de la comunión con la naturaleza, los beneficios del deporte y la medicina natural y el rechazo de estupefacientes y estimulantes como el alcohol." Desde luego gran parte de estos argumentos parecen bastante actuales, especialmente en la conexión entre el binomio salud-deporte. Los que quizá no lo sean tanto, son los que asociaban la lucha contra el tabaco con los principios de la política racial nazi, basada en una ciencia atravesada por mecanismos meridianamente teleológicos: "La creencia errónea desarrollada por científicos alemanes durante los años treinta, según la cual determinadas mutaciones cancerígenas eran hereditarias, favoreció que los peligros recién descubiertos del tabaquismo adquirieran dimensiones ideológicamente dramáticas en cuanto amenaza a la mismísima sustancia racial aria de los alemanes, muy en la línea del ansía de pureza de la cosmovisión nazi, siempre obsesionada por limpiar al pueblo de elementos perniciosos que pudieran corromperlo. Después de todo, también los judíos eran vistos significativamente en la retórica nazi como un cáncer que dañaba traicioneramente a la comunidad y que había que extirparlo a toda costa."

Estas circunstancias unidas a la notoria aversión de Hitler por el tabaco y el alcohol, dieron como resultado lo que Rosa Sala califica como la campaña más agresiva antitabaco de la historia moderna. En su desarrollo se prohibió fumar en todos los edificios públicos y el servicio de propaganda, según Sala, se encargó de que existiera un conocimiento general de la fuerte adicción al tabaco de Churchill y Stalin y, por el contrario, de la condición de no fumadores de Mussolini y Franco, entendido todo ello dentro del contexto de los valores morales asociados a estos últimos. No resulta complicado establecer relaciones con el movimiento antitabaco actual que impera, fundamentalmente, en las democracias liberales.

Tanto el mito deportivo como el higiénico-sanitario, en su sentido de agentes activos fundamentales en la construcción de la visión demoliberal del mundo, pese a hundir sus raíces en la sociedad burguesa decimonónica, se revelan, en cierto modo, como partículas, que son muchas y esenciales, que persisten en un cuerpo que pregona insistentemente haber derrotado al cáncer fascista-totalitario. ¿Resulta tan complejo extirpar este tumor, en el caso de que verdaderamente se desee? Quizá el problema se localice, como señalan Gilles Deleuze y Félix Guattari , en el territorio de la micropolítica. Es posible que subsistan en cada esquina del espacio social microfascismos , que incluso aniden en el interior de cada uno de nosotros, y que como instrumento sean impagables, incluso, y a pesar de la argumentación de Deleuze y Guattari, para la articulación del sistema capitalista demoliberal donde se manifiestan los referidos elementos persistentes.

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