08 marzo 2012

Avelino Sala: la vigilancia ante la destrucción del símbolo








En todo caso, el mundo griego nos ofrece la siguiente lección: el arte de la estatuaria se desarrolla a la par que las instituciones públicas a las cuales se forma el cuerpo perfecto, y éstas se originan en Esparta.

GOTTFRIED BENN

El encanto de la muerte no existe más que para los valientes.

LAUTRÉAMONT



1. De emblemas, claustros y símbolos



Si el percibir la Agudeza acredita de Águila, el producirla empeñará en Ángel: empleo de Cherubines y elevación de hombres, que remonta el ser a extravagante Hierarquía[1]. La extravagancia, la paradoja y el carácter simbólico en un sentido tradicional son constantes en la historia del arte. Es arte conceptual -considerando que esta definición esconde un pleonasmo- porque se formaliza desde el artificio. Hallazgo que, acompañando a la trama de la representación, se conforma en la umbría que Avelino Sala dispone en un lugar barroco y emblemático. El cambio de significado que supone la apropiación del ready-made ha conducido a una destrucción donde la imagen de la realidad deviene ante un hecho concreto: la representación hace desaparecer en un extraño hiato entre lo real y lo ideal. El concepto anula las condiciones cotidianas, creando un nuevo espacio donde la idea vigila, protege y acecha. En este sentido, en la acción sobre el claustro de LABoral, Avelino Sala nos invita a atacar, avisando de que el enemigo ya ha pasado las puertas, enclaustrados en el interior de un lugar fantasmático[2]. Alciato había definido lo emblemático como el encuentro de lo representado en lo interpretado, partiendo del cuerpo, el título y el texto[3]. Tres espacios vigilados por un águila que desconfía de los viejos topos y que, en su última propuesta, se transforma en una dominación sutil de un espacio vinculado al franquismo escurialense, cuyo uso original se ha perdido, dedicado ahora a la innovación cultural. Con anterioridad, como si de un emblema se tratara, Avelino Sala había ubicado perros guardianes, hombres transparentes y mensajes en lugares aparentemente naturales como acantilados o playas desiertas. Una inspiración postromántica que ayuda a configurar su trabajo a partir de conceptos como la espera, el drama, la resistencia o la ansiedad. Deslizándose hacia un cambio conceptual, su dedicación a la iconoclasia continúa duchampianamente trastocando el sentido original de los objetos, para abrir nuevas posibilidades con la mera entrada de un mensaje que ha sido traído de otro espacio. Estas asociaciones de cosas aparentemente distanciadas en un nuevo lugar, son procedimientos metafóricos donde coinciden lo lírico y lo conceptual con el sin lugar del arte. En el caso de Avelino Sala, otorgando un significado de lo nuevo porque en ese dar llega lo inesperado.



2. Memoria de la angustia



Grosso modo el espíritu de la alegoría puede cifrarse en el encuentro de una imagen y un texto con intenciones moralizantes. Precisamente, esta dualidad entre el amor y la muerte, entre el cuerpo y el alma, entre la realidad y el deseo, es lo que lleva al cansancio y a la lucha: la sensación apropiacionista que nos hace pensar que todo ya fue dicho. El planteamiento simbólico de Avelino Sala se sirve de esta idea para transformar el significado de los objetos, dirigiendo el sentido ahora hacia el espacio del poder político y económico. A pesar de la filiación imperativa de la alegoría, en el sentido de avisar del peligro y de la acción repetitiva, ha de ser la cautela y la vigilancia propias de un águila de piedra aquello que la memoria dicta para no desfallecer en el intento[4]. Esta tentación del infinito ha sido uno de sus presupuestos iniciales, el cruce del meridiano donde se patentiza el nihilismo. La busca de un vértigo donde no sucumbir, la angustia que para Heidegger se había convertido en existencialismo aniquilador, está en el origen de la obra de arte y en la propia resistencia vital. Se trata de tener conciencia de que toda teoría estética se circunscribe en una hilemórfica presencia. En el caso del espacio secreto de las esculturas del héroe de Avelino Sala, estamos ante una problemática reflexión acerca de lo que nos constituye como creadores de nuestra propia vida: nos deja perplejos ante el vacío[5]. La necesidad de llegar a algún sitio, provenientes de mares procelosos o al embarcar en naves amorosas, es lo que se ofrece al resguardo de la hermética salvación, en la visibilidad desde el interior de las aguas. Una combinación de astucia y literalidad que el artista ha afirmado por medio de un motto en una iglesia (Socorro, 2007) La memoria de la angustia (Anxiety, 2007) revela que, como un negativo inconsciente, tras todo intento no debe descartarse la conciencia del fracaso. El proyecto del desesperado, como nihilista profundamente activo, es consciente al menos de que la única opción es haber llegado a dirigir los restos sobre un cristal. Esta transparencia smithsoniana del límite, la luz y la palabra, convoca en un espacio fuera del hogar y del país. Ahí donde Nietzsche sitúa el imposible origen del nihilismo: la siniestra extrañeza de sabernos vigilantes y cautos ante la luz hiperbórea de la melancolía. Son los perros violentos que avisaban, de una manera directa, del peligro, aludiendo a la destrucción propia del cansado (Restleness, 2003). Como síntoma de la ansiedad propia de la creación, no impide que Avelino Sala haya buscado, aferrado a una tabla de salvación a la que ha despojado de su utilidad, el peso del desfondamiento material del ready-made convertido en obra de arte (Drama, 2005). En este sentido, como recuerda Nietzsche, el drama no está sólo asociado a la acción, sino a su relevancia como acontecimiento y reflexión, es una actualización de lo hierático y lo rígido[6].



3. Arde lo que será



Como afirma Deleuze, la sociedad actual no teme al vacío, ni a la penuria, ni a la escasez. Sólo teme a una cosa, el diluvio derramado sobre la tierra: “Este es el drama. Encontramos algo que se derrumba y no sabemos qué es. No responde a ningún código, sino que huye por debajo de ellos”[7]. En este sentido, Fuego, camina conmigo (2006) está vinculado a la presencia de la espectacularidad en la sociedad actual del bienestar[8]. Y para ello Avelino Sala se sirve de una imagen que representa un juego nocturnal donde un grupo de personas juega con un balón inflamado. Un símbolo de la participación del artista, no sólo en la sociedad, sino ante ella misma. Un grado ardiente donde el fuego se convierte en una manera de escapar de lo accesorio y de la limitación, sabiendo que es un juego peligroso porque se han de cumplir ciertas reglas propias de la actividad del artista. Es la afinidad que se esconde entre el verbo y el fuego ascendentes. Como corresponde a su trayectoria, Avelino Sala trata de vincular dos espacios de la multiplicidad. Su labor como productor y el planteamiento de una reflexión acerca del vacío encontrado en el seno de nuestra sociedad, anuncian la confabulación del tiempo que obliga a presenciar un cuerpo que linda con la locura propia del capitalismo, una proyección de la necesidad de investigar diariamente qué se propone el artista en su vida. Esta asociación de la vida y el arte corresponde a vislumbrar el juego y el fuego, es la aproximación a las figuras que golpean un balón que arde, una metáfora del espacio y el tiempo haciéndose contemporáneos al irse consumiendo. ¿Qué otra cosa señala ese fuego presente cuando lo que queda es el humo? ¿En qué deviene el juego? Ante todo, como riesgo. Avelino Sala apuesta por no considerar el fuego como entretenimiento ni como azar. Es la llama desprendida del valor asociado al objeto artístico. Si su incursión en la escultura premeditadamente mostraba un cuerpo sin órganos y realizaba un vacío, al instalar sus figuras en zonas liminares proyectaba un deseo. Al indagar en el dibujo, persiste la suerte de un instante detenido. Este arder en la potencia del deseo es su persistencia como artista. Ahí donde el juego alimenta la capacidad estética de una sociedad donde apenas resta el espectáculo. Y donde, como afirmara Ramón Gómez de la Serna, “hay que haber devorado lo nuevo para tener derecho a la publicidad”.



4. Después de lo romántico



Se puede convenir en que si el espíritu romántico posee un gesto de surrealismo, el postromántico se convierte en un negador que aún cree en el esfuerzo y en una jovialidad donde la convivencia de lo alto y lo bajo se dirige hacia lo sublime. Avelino Sala propuso en La espera (2004) la creación de una ficción publicitaria donde se dedicaba a esperar una ola como imagen pervertida de las señas del triunfador joven, apuesto, estereotipado y absurdo. Esa dirección hacia los valores que supuestamente debían sostener a los jóvenes occidentales, se transmutaba en una vana esperanza dramática porque la tabla sobre la que se sobrevolaban las olas era la inmersión en la imposibilidad y en lo extremo. Adorno ya señaló esa incapacidad entre la consideración del arte como trabajo o como algo propio del ocio del fin de semana[9]. El arte tiene la clave ante su situación en el seno de la sociedad burguesa, considerar si es algo útil o bien si sus intereses pertenecen a una ingenua libertad. En el caso de Avelino Sala, estaríamos más cerca de la expresión de la desesperación, sin confundir la alegría del naufragio con la mueca cómica. Así, el arte tiene en su lugar la posibilidad de tomarse las cosas con una ligereza distanciada de lo efímero. Como señala Adorno, se trata de constatar su paradójica esencia mediante una disonancia negativista, precisamente por tener como modelo una realidad fluyente: la falsedad de lo juvenil impuesta desde la industria cultural[10]. Y aquí, a pesar de que el filósofo se retracte de su posición condenatoria ante la poesía, confirma que la incapacidad para la jovialidad del arte después de Auschwitz es irremisible: el arte ya no puede ser ni optimista ni comprometido, corresponde a un tercer término, ya excluido. Pese a todo, la ascensión hacia lo sublime, como hacia lo lejano y lo alto, es en Avelino Sala la consecuencia propia de un postromanticismo que, más que ser una vuelta ingenua a los poderes místicos de la tierra y el mar o una consideración imaginaria de las aguas y el fuego como la propuesta por Gaston Bachelard, se sitúa en una frontera realista, en el sentido de utilizar su propia vida como material estético. Esta sensibilidad especial le lleva a realizar dibujos de una manera que busca los perfiles y contornos en las siluetas, haciendo aparecer ese mismo vacío que revela su carácter poliédrico[11].



5. La crítica cultural en estado de sitio

Lezama Lima vinculó el estado de sitio épico de la Ilíada a un cautiverio donde lo importante para la poesía era la situación de los que esperan a los pies de las murallas y no a la propia ciudad cercada[12]. En realidad, lo que se manifiesta es lo ficticio, un vacío apropiado al miedo, al fracaso y al horror donde la carencia de imágenes válidas, anuladas por un poderoso observador, nos avisa de que el enemigo está aún en el interior. En el caso de la acción de Avelino Sala en el claustro de LABoral, la figura del águila, acompañada de lemas, textos y la propia historia del lugar, nos ponen en camino a un formalismo que trata de alimentarse de una carne incorporada donde podemos leer culture[13]. Un banquete de perros satírico donde Jonathan Swift había situado a los falsos críticos de arte, señalando su actualidad o su presencia histórica en la controversia de los partidarios de la antigüedad o de la modernidad, vinculando su existencia a las putas y a la nobleza[14]. Algo que sería subrayado, esta vez desde la crítica, cuando el artista también es considerado como prostituta, sobre todo en la atrabiliaria opinión baudeleriana. Algo que no deja en buen lugar en sociedad a los ejecutantes de la creación cultural.  No de otra forma lo observó Adorno cuando consideraba la crítica como un producto de la era liberal. Sobre todo, en sus consecuencias debidas a la falta de su despegue independiente y a la neutralización cultural. El caso es que ese hambriento grupo de perros que ofrece Avelino Sala, en su persistente reflexión sobre la desintegración del yo, nos posiciona críticamente ante una cultura agradecida. Tampoco se trata de comprender la incorporación de la cultura en ese agenciamiento del espíritu encarnado[15]. Señala, irónica, pero fieramente, que una concepción de la cultura como festín acaba por convertirse en lo pútrido que acaba por devenir pedante palabrería. Entonces, al supuesto crítico no se le ocurre nada porque no le pasa nada, porque sostiene una concepción mediocre de la crítica en un sentido ciertamente romano, cuando la envidia -in videre- hace mirar de soslayo a los otros. Otra cosa es una reflexión seria sobre lo estético y la apariencia del vacío en relación a la escultura, el poder dominador o el intercambio intelectual: la incidencia de lo simbólico en el espacio de la ciudad (Eagles, 2007). No en vano, como recordara Benjamin, “con el flâneur, la intelectualidad se dirige al mercado”.



7. De figuras

Como vemos, la multiplicidad de cuestiones que trata la obra de Avelino Sala ha devenido rizoma y figura, manteniendo una correspondencia desde sus inicios con lo simbólico como con su presencia material y conceptual. Porque lo proteico deviene figuración y las figuras desenvuelven el vacío, conviene asociar la originaria significación de la efigie con la silueta, el límite de sus cuerpos vacíos con la acción de hacer ficción, inscribiendo la ausencia en una imagen plástica[16]. Como describe en el prólogo a Figura José M. Cuesta Abad, Auerbach convierte el estudio del drama en una reflexión poetológica acerca de los distintos significados del término cuya importancia se encuentra en la valoración de una concepción que ya no interpreta partiendo del símbolo o la alegoría, sino que también está asociada a un concepto ampliado de la historia. Auerbach realiza una historia filológica del término que da muchas claves para comprender las relaciones, no solo entre la poesía y el arte contemporáneo, sino para alcanzar una interpretación abierta en la que coincide la estatuaria con la literatura, la poesía con las imágenes, los sellos y leyes con el ingenio. En el caso de Avelino Sala, bien pudiera ser esta reflexión sobre la figura lo que deviene, en sus últimos proyectos, tratamiento de la historia de un lugar: el propio vaciamiento del símbolo[17].



8. De águilas, templos y ciudades

Como en el famoso cuadro de Brueghel Paisaje con la caída de Ícaro, estamos ante la presencia de una caída mítica. El encierro, la huida y la osadía deben echar a volar e instalarse en otros espacios. Ese olvido de la fundación de las ciudades está estrechamente relacionado con la aparición repentina del águila simbólica y con el uso emblemático de Avelino Sala. Como los aztecas, la fundación de Tenochtitlán se debió al descubrimiento de un águila que se posaba sobre un cactus[18]. Además, era el símbolo del augur, personaje que vigilaba el proceso de creación del templum, el centro donde se iniciaba la ciudad. Aquí coincide la visión armónica del cielo con la creación humana y sus restos. La inmundicia como metafísica del vertedero donde Avelino Sala ha situado su Ícaro personal hace referencia a este origen. El mundus era la cavidad en el centro del templum donde, como en un mandala o en un tatuaje, se enterraban tres elementos cargados de simbolismo que pertenecían a los tres niveles cósmicos. Al cielo correspondían unas alas de águila. Al hombre, una reliquia del fundador. A la tierra, un puñado de arena de otra ciudad hermana. Seguidamente, el mundus se cubría con una losa de piedra que, posteriormente, sería el altar donde el fuego acompañaría los buenos augurios. Como sabemos, la filiación del fuego y el focus durante el imperio romano era importante para ver cumplido el destino durante el combate. En las legiones romanas se utilizaba un águila para presagiar. Era el inicio de una contemplación del futuro borrado. Esos tres niveles, identificables con los tres elementos dispuestos en la acción de Avelino Sala en LABoral, esto es, el uso del águila y la inclusión de un texto, la aparición de la crítica como muestran las frases de Walter Benjamin y el video correspondiente a unos perros vigilantes devorando la carne donde se escribe culture, configuran una nueva idea emblemática que lleva a Avelino Sala a continuar su ingeniosa labor como artista de lo nuevo.



9. La reflexión estética.

La mirada sensible del flâneur se ha convertido en un retroceso activo[19]. Un despliegue personal que debe identificarse con una concepción histórica de la cultura y en una romántica suma de juego y reflexión[20]. Benjamin también ha señalado, al referirse a la crítica de arte, que la autoconciencia postulada por la autorreflexión es el pensar que logra alcanzarse a sí mismo. En definitiva, la reflexión estética identificada en un sentido particular como crítica de arte se dice de muchas maneras. Este planteamiento, partiendo de una metafísica romántica en el sentido de devenir texto que reflexiona sobre sí mismo, posee según Benjamin tres formas identificables con la imitación, la manera y el estilo. En el caso del vagabundaje de Avelino Sala estas tres características se acompasan en una reflexión acerca de esta paciencia de la infinitud, desde el bosque emboscado y los perros guardianes, hasta esa imagen de un águila que anuncia el fin próximo de la violencia[21]. Al situarse en un dominio artístico postromántico, Avelino Sala decide mostrarse enmascarado, caminando a contracorriente. Y en realidad esa reflexión estética de su trabajo en general, pudiendo asociarse a la soledad de los cuadros de Friedrich o De Chirico, está ya vinculada a una consideración acerca del presente, el propio arte y el poder autorreflexivo y autónomo del símbolo. Porque decir reflexión es ya decir arte, el espacio de la crítica deviene lugar de arte y, en correspondencia, conexión de lo espontáneo y lo conocido con lo poético y su ruina. Porque si Avelino Sala ha convertido el cisne en águila, puede decirse con Baudelaire que todo se ha vuelo alegoría[22].



10. La ruina del símbolo: iconoclasia y estética.

La incursión en los modos simbólicos del arte no significa simplemente que se haga un uso retórico de ellos. El símbolo es precisamente el anuncio de que lo real se ha trastornado, cuando lo que hace presente es precisamente la autonomía de lo imaginario. En esta dirección, no es extraña la fascinación de Avelino Sala por las águilas (Proyecto Eagles, 2007) que sutilmente vigilan el poder normal de lo real desde una ausencia de sentido: los cuchillos señalan hacia esa defensa y ataque propios del idealismo (Hope, 2007). Por eso, en ese librito de Lichtenberg que fascinara a los surrealistas, titulado El cuchillo sin hoja al que le falta el mango se puede leer: “no hay arte de la fortificación sin arte del asedio”. Es aquí cuando ante la vigilancia y elevación del símbolo debemos ser conscientes de que su acción deviene destrucción: la realidad es de otras maneras. En el tiempo de lo imaginario subsiste una atracción por una utopía probable, siquiera en forma de proyecto. Avelino Sala ha entendido así su trayectoria como artista, siendo vigilante y cauteloso, desarrollando un tipo de arte que limita con lo emblemático y lo tragicómico. Esa espera que subyace proviene del conocimiento de las armas que debe utilizar el arte para hacer real lo imposible. Esta iconoclasia, entendida como una poética de la destrucción, es una presencia contradictoria y es cuestión de disonancia, alteración y polaridad. Por otro lado, en el caso de Avelino Sala se dirige hacia un espacio negativo, neutro e impresente. Como su propia apariencia estética y formal, coincide en una perplejidad metafórica ligada no sólo al estado del arte, sino a la situación política, económica y sociológica. La práctica artística se comprende como una acción política y vital, sin tratar de hacer de ella un mero inventario de ideas. Esa negación ante un estado de cosas es lo que conduce a una rebelión ante el vacío que, inevitablemente, sólo conduce hacia sí mismo: la vinculación del arte y su negatividad comparece de una manera destructora. Este espacio es el lugar de un desastre, tanto para la presencia posible de algo artístico en su materialidad, como en su aspecto formal. El trato con la inmediatez es la presencia de una disonancia iconoclasta, desastrosa e irónica, vinculada a la creación de ficciones. Es en este sentido de escritura donde el arte nos lleva hacia una zona de imposibilidad, siempre en otro lado, siendo conscientes de su carácter perecedero y su prometida ausencia constante. Cuestiones que el trabajo de Avelino Sala aborda desde un pensamiento postromántico: la paciencia de lo poético, el poder de un símbolo que sólo señala hacia la destrucción. El enemigo está dentro, disparad sobre nosotros.
























[1] GRACIÁN, Baltasar, “Essencia de la Agudeza ilustrada”, Arte de ingenio, Tratado de la Agudeza, ed. de Emilio Blanco, Cátedra, 1998, p. 138.


[2] SEBASTIÁN, Santiago, Emblemática e Historia del Arte, Cátedra, 1995. Como estudia el autor, el claustro aparece como un importante espacio emblemático y escrito. Otro libro importante para comprender el simbolismo oculto es obra del antropólogo musical Marius Schneider: El origen musical de los animales-símbolo en la mitología y escultura antiguas, Siruela, Madrid, 1999.


[3] ALCIATO, Emblemas, Editora Nacional, 1975. Para el italiano Alciato (1492-1550) el emblema consta de tres partes: el cuerpo simbolizado por medio de una figura o un icono, el título era una inscripción o lema y el texto era una declaración, un epigrama. En el caso de Avelino Sala en este proyecto en LABoral se sirve de un águila, una frase imperativa y acuciante (“El enemigo está dentro, disparad sobre nosotros”) atribuida al encargado del Cuartel de Simancas de Gijón, en la actualidad Colegio de la Inmaculada de los Padres Jesuitas. El tercer término, corresponde a un video donde unos perros devoran unas letras de carne donde puede leerse culture. El cuaternario se cierra con un mensaje formado por un texto de Walter Benjamin.


[4] Alciato utiliza la imagen del águila asociada a temas mitológicos clásicos. Es el caso del Prometeo encadenado cuyo hígado está creciendo a medida que es comido, cuyo emblema se titula Que con cuydado se alcanza la ciencia. También puede asociarse, en el imaginario de Avelino Sala, a la figura de Ícaro, a quien dedicó su esculturas transparentes situadas en no lugares (Proyecto Ícaro, 2004) El carácter simbólico de su obra veremos que está vinculado a un proyecto continuo (Desarrollo sostenido, 2004), donde utilizaba unos niños que bien pudieran relacionarse con el rapto mítico de Ganímedes, presente en los Emblemas o en las Metamorfosis de Ovidio. Este carácter proteico quizá sea una de las características importantes del trabajo de Avelino Sala y, como afirmaría el desterrado romano a orillas del Mar Negro, de los poetas en general.


[5] Así lo mostró en Hombre del siglo XXI (2005), donde el emboscado es un deslumbrado que acude a los bosques y cementerios. Como recuerda Nietzsche, “el fenómeno artista es el más transparente: ¡desde él dirigir la mirada a los instintos fundamentales del poder, de la naturaleza, etc.! ¡También de la religión y de la moral!”, NIETZSCHE, Friedrich, Fragmentos póstumos (1885-1889), trad. Juan Luis Vermal, volumen IV, 2006, p. 116.


[6] Ibidem, p. 518.


[7] “Creo que en una sociedad hay dos cosas que refieren a su ocaso, a su muerte. Hay siempre dos momentos que coexisten. Toda muerte, de cierta manera, asciende del adentro –es el gran principio del Tanatos- y a su vez toda muerte viene del afuera. Quiero decir que en toda sociedad hay amenaza interna, y que esta amenaza está representada por el peligro de flujos que se descodifican”, DELEUZE, Gilles, Derrames entre el capitalismo y la esquizofrenia, Cactus, 2005, pp. 24-25.


[8] “En esta descomposición hay que buscar en último término la razón del efecto único de extrañamiento (extraneation) que producen las películas de Lynch, asociado con frecuencia a la sensibilidad de los cuadros de Edward Hopper; sin embargo, entre el extrañamiento de los cuadros de Hopper y el de las películas de Lynch existe la misma diferencia que entre el modernismo y el postmodernismo”, ŽIŽEK, Slavoj, “David Lynch, o el arte del ridículo sublime”, Lacrimae rerum, Debate, trad. Ramón Vilà Vernis, 2006, p. 167.


[9] “El arte oscila entre la gravedad y la jovialidad en cuanto algo que ha escapado a la realidad y, sin embargo, permeado por ésta. Únicamente tal tensión constituye el arte”, ADORNO, Theodor W., “¿Es jovial el arte?”, Notas sobre literatura, trad. Alfredo Brotons, Akal, 2003, pp. 579-586.


[10] Este sería uno de los intereses que Avelino Sala trató de mostrar en la ficción creada en torno al mundo del surf en Drama (2005) o en su irónica visión del mundo del arte en Diario de un artista (2006)


[11] Este carácter proteico y poliédrico que subrayamos en Avelino Sala se debe a sus diferentes incursiones en el comisariado de exposiciones, la dirección de la revista Sublime arte + cultura contemporánea o la gestión cultural. Pero cabe también relacionarlo con la diversidad técnica de su obra que abarca desde la exploración del dibujo o la pintura, la realización videográfica, la publicidad, el deporte, hasta ese concepto de la actualidad que el artista propone como postperformance o en el caso de LABoral, en el propio espacio (site-specific)


[12] “Porque los sitiados se acogen a la permanencia o a la muerte. El fin de una ciudad sitiada es el fuego o la irrupción de los moradores bárbaros […] Pero el que espera a los pies de las murallas, corre el riesgo de que su espera se trueque en otra entidad imaginaria: la retirada”, LEZAMA LIMA, José, “A partir de la poesía”, Introducción a los vasos órficos, Barral Editores, 1971, p. 170.


[13] La acción de unos perros que devoran la palabra culture sufre una torsión beckettiana y terrible, como en uno de sus poemas más conocidos titulado Vulture, donde se hace referencia al buitre, lo cual no está demasiado alejado de la carroña. Esa situación de lo corrompido es esencial a la hora de situar el formalismo, lo alegórico y lo poético en la decadencia simbolista de la modernidad, un residuo del romanticismo que ya ha pasado al interior del hogar extraño.


[14] “El verdadero crítico, al examinar un libro es como un perro en un festín, pues su pensamiento y su estómago están puestos en lo que arrojan al suelo los comensales y, por consiguiente, ladran más cuantos menos huesos hay que roer”, SWIFT, Jonathan, “Digresión sobre los críticos”, Cuento de una barrica, trad. Emilio Lorenzo, Cátedra, pp. 259-269.


[15] “Su verdadera tarea es completamente opuesta: sacar a la luz esa parte intangible que hay en la soledad de cada uno y que nadie podrá avasallar nunca […] Más que luchar por la libertad tiene que hacer uso de ella, encarnarla en lo que dice. En ocasiones su propia libertad llega a destruirle: ello es lo que la hace más fuerte. Entonces, lo que está obligado a amar es esa libertad atrevida, altiva y sin límites, que a veces causa la muerte, que incluso hace amar la muerte”, BATAILLE, Georges, “¿Es útil la literatura”, La literatura como lujo, Versal, trad. Ana Torrent, 1993, p. 32. 


[16] “Por tanto, las figuras no sólo son provisionales; son al mismo tiempo la configuración provisional de lo eterno, recurrente e intemporal; no sólo señalan un futuro práctico, sino también, desde el principio, la eternidad y la intemporalidad: lo eterno está en ellas representado y constituye una realidad tan fragmentaria y provisional como velada y presente en todo momento”, AUERBACH, Erich, Figura, Trotta, trad. Yolanda García Hernández y Julio A. Pardos, 1998. 


[17] Así se desprende de los últimos cuchillos utilizados por Avelino Sala en Hope (2007) En ellos el artista ha incluido el lema que la leyenda atribuye a Caravaggio: sin esperanza, sin miedo. Esta nueva aparición de la carencia describe bien el nihilismo activo que el símbolo inflige a lo real. Se trata de defenderse y atacar a un enemigo interior. El cuchillo también fue utilizado de modo similar por Maya Deren en Meshes of the afternoon. Surge ante la presencia del otro, en nuestra alteridad, como aparece en una escena de la versión dostoyevskiana de El idiota de Akira Kurosawa, cuando el alienado descubre su parte tanática y destructora ante un escaparate lleno de cuchillos.


[18] Sin pretender hacer un inventario de todo el simbolismo esotérico abierto en la figura del águila, indicaremos que se utilizaba para designar en los jeroglíficos egipcios a la letra A. En Grecia, era el animal sagrado de Zeus, simbolizando la luz, el rayo y el fuego. Además, era el símbolo para hacer referencia al Evangelio de Juan. Como sabemos, era el símbolo heráldico, desde Roma, de los reyes de Alemania y Polonia, donde pasaría al imperio de Austria y a la Rusia zarista. Estaba vinculado a la lucha y a la espera, al rayo que los macedonios estampaban en sus monedas. Siempre relacionado con el poder divino y terrenal, no hace falta incidir en la importancia que adquiere en Norteamérica como símbolo del dinero y del poder de la elevación.


[19] A medio camino de la acción, el video musical y la interpretación, Reflexión estética (2007) señala hacia ese destino: la ciudad. El artista camina hacia atrás, mientras Dano, creador de la música, habla del entorno del mundo del arte. En esta suma de viaje o despliegue, ironía y retroceso se encuentra el espacio de la reflexión entendida desde la estética. Una serie de descripciones que vinculan el arte con el poder, con la crítica, con la profesionalidad y donde, a menudo, como diría Horacio, los cielos paren y todo se llena de ratones.


[20] “La teoría schilleriana del instinto de juego apuntaba a la génesis y el efecto del arte, aunque la vida sea ‘seria’, pero sólo se pueden presentar lúdicamente cuando también la vida, frente a una intensidad dirigida a lo incondicionado, ha perdido su última seriedad. Y éste fue el caso, pese a todas sus diferencias, del Barroco y del Romanticismo. Y en ambos ciertamente de tal modo que aquella intensidad tuvo que crearse su expresión en las formas y temas propios del ejercicio mundano del arte. Acentuando ostentosamente el momento el momento de juego en el seno del drama, tan sólo permitía que la trascendencia dijera su última palabra bajo un disfraz profano de teatro dentro del teatro”, BENJAMIN, Walter, El origen del Trauerspiel alemán, Obras, libro I, vol. 1, trad. Alfredo Brotons Muñoz, Abada, 2006, pp. 286-287.


[21] Así vinculaba Schopenhauer la fidelidad a esa transparencia propia de los guardianes, “lo que me hace tan grata la sociedad de mi perro es la transparencia de su ser. Mi perro es transparente como el cristal”.


[22] “Este significado, es decir, la referencia a la idea de arte, se lo confiere la forma simbólica a las formas poético-trascendentales mediante la reflexión. La ‘forma simbólica’ es la fórmula bajo la cual se resume la importancia de la reflexión para la obra de arte […] La crítica de arte representa esta forma simbólica en su pureza; la libera de todos los momentos extraños a su esencia a los que puede encontrarse ligada en la obra, y termina justamente con la disolución de la obra”, BENJAMIN, Walter, El concepto de crítica de arte en el Romanticismo alemán, Obras, libro I/ vol. 1, op. cit., p. 96.

29 febrero 2012

Cristina Llanos y la metafísica de la juventud




Venid a la fiesta a la que no habéis asistido nunca, a la que no volveréis a asistir
SUETONIO, Vida de Claudio


Ahora
Más allá de los tópicos que suelen ir asociados a la presencia de lo juvenil en las sociedades actuales, sabemos que la juventud no es sólo cuestión de tiempo, sino de espacio. A pesar del carácter artificioso propio de la juventud, la presencia de una cierta tristeza nos conduce a considerar que el joven está cerca del jubilado. Se trata de apostar por un instante de alegría y de sabiduría a veces inconsciente, a pesar de otras cualidades importantes como la incertidumbre o la duda. Cristina Llanos viene realizando en ese contexto de la representación juvenil una apuesta por la realidad urbana más cercana. Es el caso de la última exposición en la que colaboraba activamente titulada genéricamente FUD (Fear, Uncertainty, Doubt, Mediodía Chica, 2010), donde trató de considerar la importancia de otras cuestiones vinculadas con aspectos utilitarios de las sociedades del presente, huyendo de una visión estereotipada de lo joven como figura pop. Incidiendo también en la importancia de su aspecto formal, este tipo de representaciones de la actualidad están en un buen sentido en correspondencia a una moda. Y su existencia parece revelarse como una especie de vivencia del momento en algún modo alegre, cuando la realidad suele ser más precaria. El caso es que una sociedad juvenil es un hecho que aparentemente se traduce de forma instantánea en consumo, violencia y capitalismo, casi siempre en vinculación a una estética de lo moderno. Si bien el éxito juvenil está relacionado con la apreciación grupal, existe una razón más para apostar desde lo adolescente –esto es, aquel que está en adolecimiento-  con movimientos románticos cuya forma de ser presentados en sociedad corresponde al estado de las artes. No en vano, el Sturm und Drang habla de esa tormenta propia de la impulsividad. El Jugendstil, como movimiento moderno, estaba en manos de una juventud con ganas de modificar no sólo el aspecto interno, sino su forma exterior. También conocemos la trayectoria de las juventudes que forman parte de los partidos políticos desde el nazismo hasta hoy. Esta aparición de lo juvenil como portador de valores benéficos es también la historia de la sociedad desde el siglo XX, una sucesión de estad(i)os de la juventud. Desde los felices años 20, hasta los totalitarismos, pasando por los rockers, hippies, mods o punks, hasta las infinitas variaciones y relecturas de los adolescentes japoneses postmodernos. En esa espera, la juventud pasa volando y sabemos cuál es la actualidad. Si antes el espacio temporal del joven estaba en el paso de la escuela al trabajo, ahora sabemos que hay un porcentaje importante de individuos fuera de ambos.

Atrévete a ser el que eres
El trabajo de Cristina Llanos habla de esta espectacularización y narcisismo propio de la juventud donde queda por venir esa orden kantiana donde se nos insta a saber algo. Como la creación de la identidad proviene de la propia constitución, esa divulgación de cada uno propia de las redes sociales es, en el caso de Broadcast yourself!, una prueba de que los chicos ya no solo quieren diversión, sino mostrarse y aparecer. Son también las fotos de las palizas en los colegios a compañeros y profesores, es la criminalización a parte de un colectivo que ni trabaja ni estudia, pero come y bebe. Es la institucionalización del botellón diario inspirada en modelos de éxito vinculados al ascenso social. Pero estos jóvenes representados a partir de autorretratos anuncian también la pérdida de control, una pretenciosa originalidad narcisista que tiene algo de aburrimiento adulterado, cuanto una libertad que tradicionalmente debe luchar contra el poder del adulto. Hace falta mostrarse y aparentar porque estos jóvenes son todo, menos inocentes. Porque la realidad también habla de responsabilidad y a través de estas acuarelas se intuye que el único fin de la fiesta es su repetido final. Como el arte, su (im)pertinencia en el presente está lejos de ser actual. La juventud no es propiamente un valor óptimo por sí mismo o en la erótica pose. En el graffiti se anuncia un luminoso y lujoso estatus borrable. Son marcas y tags encima de un joven pertrechado de armas de defensa frente a algo que parece venirse encima. What is after youth? es otra serie de dibujos que Cristina Llanos realizó recogiendo imágenes tópicas de la actualidad, donde especialmente los jóvenes se interpretan a sí mismos retratados frente al espejo. Sospechar que en esa actitud se encierra un dilema, no es cuestión de poca importancia. Se trataría de saber qué distancia separa, no sólo a la máquina del retratado, sino al espejo del propio dibujo. Después de la juventud sabemos bien qué queda. Ni siquiera en referencia a la actitud del joven en el arte es probable que existan valores al alza por el mero hecho de ser juvenil o adolescente. Daniel Villegas ha señalado esta falsa concepción de lo juvenil identificado con lo bueno en un importante texto acerca de la juventud en relación con su relevancia histórica y, de modo más prolijo, en referencia al status de lo joven y su institucionalización en el arte español (www.contraindicaciones.net/2009/02/arte-joven-y-produccion-de-juv.html#more): “De este modo, a partir de la década de los noventa, unido a las estrategias de promoción cultural y política a través de la imagen de lo joven, se consolidarán los asuntos de juventud como referencia privilegiada de unas sociedades que aspiran a ser eternamente jóvenes. En el contexto artístico pueden observarse destacados casos de este extremo en exposiciones que recogían la producción artística realizada por artistas jóvenes, y no tan jóvenes, ocupándose de temas de juventud” (“Arte joven y producción de juventud”, Políticas de visibilidad, 2010) Quiere decir que la inserción de los jóvenes en el mundo profesional del arte está estrechamente vinculada a la presencia de algo “moderno” en el seno de un espacio aparentemente dominado por los adultos. Hay que notar que precisamente en la actualidad existe una buena parte de la juventud que ya no va ni al taller, ni al estudio, ni al trabajo, ni al ejército, ni a la iglesia. Es similar al caso de los que no son tan jóvenes. Porque lo que se esconde detrás de un constructo como lo joven no es una estricta cuestión de biología o cronología, argumento propio por otra parte del que ya no está en ese espacio, sino en esa extraña angustia por saber que todo va a acabar propia del joven.

De vueltas en casa
            La rapidez con la cual uno deja de ser joven está inevitablemente unida a una cierta independencia de la imagen. Si el adolescente precisa de esa busca de la identidad, la formalización de una imagen de los lugares que habitamos es un producto del estado del hogar. Si una casa –recordaba David Lynch- es un lugar donde puede pasar de todo, en los dibujos titulados Hogar dulce hogar de Cristina Llanos se puede intuir ese desastre propio de nuestro tiempo. La intimidad asediada por la ropa tirada, las camas desechas y los estantes a punto de caer son la prueba de que algo pasa en las casas que habitamos. Es también la posibilidad de ofrecer una lectura del naufragio tras la fiesta, entre botellas vacías y ceniceros llenos y platos descompuestos, como promesa de la inminente resaca. Esa vieja conocida del joven muestra también la capacidad de mostrar un desequilibrio constante, pero que es aprovechable en forma de estilo y costumbre. Fue precisamente Walter Benjamin quien instaba a la juventud frente al imperativo del adulto, donde el dominio se realizaba desconfiando de la palabra experiencia: “Nuestro combate a favor de la responsabilidad está siendo librado contra un ser enmascarado. La máscara de los adultos es la “experiencia”. Es una máscara inexpresiva, impenetrable, siempre igual a sí misma. Todo lo han vivido ya estos adultos: juventud, ideales, esperanzas, mujeres. Todo resultó una ilusión. A menudo se encuentran acobardados o amargados. Probablemente tengan razón los adultos. ¿Qué podemos responderles? Aún no hemos experimentado nada. Pero nosotros queremos intentar levantar la máscara” (La metafísica de la juventud, Paidós). Una metafísica como estar en el mundo que venía definida como el enfrentamiento, la rebeldía y una lucidez propia de la juventud. Así, Cristina Llanos sabe realizar una instantánea de la actualidad porque precisamente es consciente tanto del paso del tiempo, como del lugar que le interesa representar de estos grupos de jóvenes. No una simple cuestión de estética, sino de alternancia. Con todo, el joven siempre ha hablado con el gesto. En ese sentido, la importancia dotada al dibujo y específicamente a la acuarela habla de ese contorno que forman los grupos sociales, flotando en una blancura que anuncia un futuro impensado. Porque en su incursión en el dibujo deja patente otra marca propia del paso del tiempo, sabiendo que ese vidrio o espejo donde se imponen las marcas y las figuras no es un simple escaparate. Más que nada, se trata de mostrar que el retrato del artista debe ser adolescente y consciente del peligro del paso del tiempo, intuyendo que, como escribe Joyce, “este largo periodo de ocio y libertad estaba tocando a su fin”. Pero ese fin de fiesta llegará mañana, de nuevo, otra vez.

26 febrero 2012

Orson San Pedro y la comunidad de los otros








La comunidad del arte
En su estudio sobre las relaciones entre el cristiano y el anarquista, Nietzsche subraya cómo ambos coinciden en una paradójica situación: su instinto tiende a la destrucción[1]. Esta busca de un lugar común al religioso y al ateo, coincide en una atracción por el nihilismo que viene a ser la constatación de un hecho: la comunidad pertenece a los otros. Porque tratar de dirigirse a espacios que siempre estuvieron ligados a lo sacralizado y a lo profano como el arte, en tiempos donde se ha pronosticado el carácter futuro religioso de sus productos, conduce a la confusa situación donde ha triunfado la imposición aparente de lo institucional. En ese sentido, encontrar en lugares apropiados al arte actual como bienales, ferias y otros eventos, vinculados a un exhibicionismo globalizado, a Orson San Pedro ataviado como un sacerdote podría interpretarse como un sacrilegio. En realidad, se trata de lo contrario, es la constatación de esa motivación de la institución que descansa en los pilares de la apariencia: “la comunicación es el desobramiento de la obra social, económica, técnica, institucional”[2].

Entonces, deviene la destrucción de las cosas y la consumación, como afirma Nancy, en nada. Sin pretender ofrecer una identificación simplista entre la comunión y la comunidad, conviene acercarse al arte para saber, si como propone el paradigma institucionalista de Donald Kuspit, esa comunidad puede ser el espacio de consagración de artistas, críticos y otros agentes implicados en sus procesos.

Apropiación de papeles, documentos y secretos
Se trata, por tanto, de llegar a comprender cuál es el verdadero espacio del arte del capital en un escenario donde no siempre es fácil comprender lo que se ofrece. Es significativa esa adscripción a lo hermético que se ha querido otorgar al arte, cuando se nos habla de sus complicaciones, sin reparar en que el terreno de las artes nunca ha sido fácil, ni siquiera para aquellos entendidos que han ido construyendo una narración histórica con pretensiones de objetividad.  Kuspit ha subrayado el valor del espectador en ese campo minado intermedio donde se miran el artista y el público ante una obra de arte. Si precisamente el paradigma duchampiano practicaba una irónica acción conceptual, mostrando objetos cotidianos cambiados de sentido, en las acciones de Orson San Pedro se pueden concitar esos valores cotidianos del mundo del arte, pero devueltos en su literalidad.

Así, en su labor ha tratado de ser crítico con aquellas prácticas discursivas del mundo del arte, tratando de utilizar su permisividad, en aras de una legalidad propiciada por su condición validadora. Por ejemplo, con una acreditación de la revista Sublime se ha introducido en ferias y bienales con el objeto de dar una valoración a su propio discurso. Recopilando toda la documentación de estos lugares, ha reconstruido los principios que sustentan este tipo de eventos. También ha sido capaz de alquilar obra de otros artistas para poner en entredicho la idea de autoría, se ha disfrazado de galerista en Lisboa y de agente de compras del Vaticano en Nueva York.

Esta apropiación de Orson San Pedro también está vinculada con la enseñanza y la educación, se trata de resolver convincentemente la tarea de estudiar en otra institución. En esa aprobación es donde se muestra el mundo de lo adecuado, no siendo siempre lo más acertado lo que promulga. En esos documentos u obras que muestra Orson San Pedro se puede observar esa distancia objetual con lo real, mostrando el aparente secreto que se oculta en la institución del arte[3].

Metafísica uniforme del disfraz
Una teoría del uniforme nos conduciría al espacio del disfraz. El mundo comprendido desde el escenario y la aparición es, en Orson San Pedro, la irónica presencia de lo sagrado en el espacio de lo profano. Como se decía, España es una nación de teólogos armados. Y si bien no es precisamente por practicar una burla fácil, Orson San Pedro simplemente se viste como tal. Uno puede acudir a una tienda de uniformes, donde curiosamente se entrecruzan camareros y mecánicos, pescadores y pescaderos, sacerdotes y azafatas, conseguir uno y continuar con esas celebraciones de lo banal que se encubre en la pretenciosa mercadería propia de un mundo superficial del arte. Lo importante no es tampoco considerar el disfraz como un lugar donde esconderse, sino como una disimulación. En este sentido, se trata de considerar cuál es el estatus del artista que se sirve de los privilegios concedidos por el medio cultural para ir construyendo su propio trabajo, ahí donde el hábito, la costumbre o lo institucionalizado sí hacen al monje.

Una teatralización que supone la aceptación de las reglas que configuran si algo debe ser considerado, no sólo como arte, sino si, además, es buena o bella. En el caso de Orson San Pedro, se trata de hacerse pasar también como artista, teólogo, crítico o arquitecto (Orson San Pedro, 1972). Esa puesta en escena es realmente la inversión de unos valores que se acreditan como válidos. Como ha declarado: “no me gusta el Arte”, subrayando esa sobrevalorativa creencia en la genialidad o en la valoración excesiva de la obra de arte. Orson San Pedro prefiere a los autores antes que a sus productos. Lo que viene a precisar un poco el espacio heterónomo de su acción conceptual, situándose en esa desmaterialización de la obra de arte, clausurada en sí misma de modo objetivo, conducente a la negación y a la práctica conceptual derivada del aserto mellvilleano ante cualquier juicio: “preferiría no hacerlo”.

Representaciones, iconoclasia
Gilles Deleuze señala cómo, en principio, esa negativa es una elección vinculada a que el protagonista de Bartleby trabaja como copista[4]. Por tanto, se trata de vincular la trama de la representación con una acción imposible porque esa preferencia por la negación a copiar algo es, en la acción de Orson San Pedro, la ocasión para mostrar que no se trata de afirmar o negar, sino de mostrar la inutilidad o la imposibilidad de la acción que propiamente realiza. De ellas quedan imágenes como hace cualquiera que viaja a ese tipo de eventos, en trenes y aviones, en taxis y metros, para dejar bien claro que se estuvo allí. Quedan restos y documentos reales como carnés, catálogos, billetes de transporte, pero la propia obra permanece en esa negación que el arte concede al encerrarse, por ejemplo, en una vitrina que está en una exposición de arte contemporáneo que está en un museo del ferrocarril que está en una estación de tren (Barrio del Carmen, 2007)

Esta vinculación del uso de acreditaciones no conlleva necesariamente una repetición fija, sino una diferencia que se articula en torno al disfraz de turista espectador, como mozo corriendo delante del toro, uniformado como un sacerdote católico o bien como judío errante por estos espectáculos de bienales, documentas y otras ferias. Porque, de algún modo, Orson San Pedro trata de pasar desapercibido y, precisamente por esto, puede ser cualquier personaje que representa. Pero, ¿tiene algo que ver, por ejemplo, con el travestismo de Duchamp convertido en Rrose Sélavy? ¿Es su retrato en realidad una despersonalización de la obra de arte? Marcel Duchamp había pensado en 1920 en la posibilidad de adoptar un nombre judío, pero optó por el disfraz irónico que le llevara a aparecer como una mujer coqueta y misteriosa. En realidad, las distintas representaciones de Orson San Pedro no se dirigen a cambiar su sexo, ni ha tratado de confiar su indumentaria a la última moda (Orson San Pedro fly to NY (Pulse Fair) like a priest and jewish, 2008). En su vestimenta nada se esconde, a pesar de ser consciente de la inmediatez de su uniforme. Una representación destinada a la conversación y al encuentro con los otros (Dialog with…, 2007) mediante la creación de una pequeña sala en el espacio expositivo donde se puede conversar, discutir o beber algo.

Ese aprovechamiento del espacio, ligado a una representación de lo que verdaderamente es el arte, en ese sentido de conversación y conversión, es una aportación más de la aparente negación a hacer arte de Orson San Pedro. Porque los iconoclastas están pendientes de las imágenes y de lo que en ellas se representa. Es el caso de las pinturas aquiropitas, no hechas por mano humana y que, además de constituir un icono del poder institucional, eran también conocidas por su capacidad mágica de convertir en piedra a quien osara mirar el rostro de Cristo. Más relevante es la consideración de Pisides cuando afirma que se trata de una manera de escritura no escrita (André Grabar). La negación no se entiende como una pura destrucción, sino como una elección vinculada a la incapacidad aparente y a su postergar. Esa negatividad, correspondiente a un trato iconoclasta del vacío, en realidad es una proliferación de acciones vinculadas a un arte que ya ni cree ni en lo que se dice ni en cómo se muestra. En este sentido, Orson San Pedro no es un autor preocupado por ofrecer obra con materiales costosos ni determinados por su supuesto valor estético. Simplemente se apropia del souvenir para retratar aspectos de la institución artística, abogando por la negación de sí mismo. Así, no hay una suplantación de otra persona, ni en realidad se disfraza propiamente. En su trabajo, no hay obra propiamente, sino una cancelación del happening. Orson San Pedro no actúa.





The real mean in off
La concepción duchampiana de la apropiación coincide con el cumplimiento literal del asalto de los solteros a la reina. Orson San Pedro ha vinculado el significado de la crítica de arte al disfrute de la eyaculación, subrayando su carácter marcadamente mental, conceptual y material (The real meaning of art critic, 2008) Partiendo de la apropiación de un video casero realizado en un parque público de Ámsterdam a plena luz del día, nos muestra a la crítica asediada por los machos. Posiblemente, esa consideración de la labor verdadera de la crítica está en la insufrible proliferación seminal a la que conduce la alegría de sus espectadores, los artistas. Pero lo que se acentúa en esa concepción del arte desde la apropiación de la televisión hotelera es que hay distintos sentidos relacionados con el arte, donde siempre aparecen, junto a ilustraciones de Picasso o el pop art, el cuerpo de mujeres desnudas (The real meaning of art, 2008) ¿Qué hace que podamos acceder a otras formas de arte apropiándonos simplemente de sus procedimientos discursivos? Porque lo que pone de manifiesto dicha jaculatoria es la necesaria actualidad de la expresión comunitaria, pero en un sentido especial. Como decir que en la busca del sentido real del arte se encuentra la disposición hacia los medios que conducen a lo negativo, donde lo único que se soporta es la carencia de un fundamento válido. Esa clausura de la representación, la cancelación de lo preformativo y la ausencia de un soporte porque lo que se dice es lo que hay, conducen a Orson San Pedro a una negativa impersonalidad, ahí donde apenas aparece el retrato de su autor.

Esa capacidad para delegar en los otros hasta el propio nombre habla de este rechazo a comparecer en esa escena orgiástica y realista donde comparece ese teatro de la crueldad cercano a lo sagrado. En esa escena –afirma Derrida- “no hay ya espectador ni espectáculo, hay una fiesta”[5]. Porque lo crítico es precisamente esa mancha o ese mal identificado con lo clínico: “convertirse, dentro de su palabra y de su cuerpo, en una obra, objeto entregado, puesto que tendido, a la furtiva diligencia del comentario. Pues lo único que por definición no se presta al comentario es la vida del cuerpo, la carne viva que el teatro mantiene en su integridad contra el mal y la muerte. La enfermedad es la imposibilidad de estar de pie en el baile y en el teatro”[6]. La crítica, como fin de fiesta, se convierte en ese dominio en el cual regocijarse, como los post-artistas en el festín del comentario: “Las artes –señalaba en 1971 Allan Kaprow- se han convertido en comentarios y anuncian la era posartística. Hacen comentarios sobre sus respectivos pasados, de modo que, por ejemplo, el medio televisivo comenta el cine, un sonido en directo tocado junto a su versión grabada hace comentarios sobre cuál de ellos es real, un artista hace comentarios sobre los últimos avances de otro, algunos artistas hacen comentarios sobre su estado de salud o sobre el mundo, otros comentan que no hay que comentar (mientras los críticos hacen comentarios sobre todos los comentarios). Con esto debería bastar”[7].

En esa comunidad de los otros, Orson San Pedro viste con la indiferencia propiciada por su disfraz de judío o sacerdote, mecánico o galerista, artista o turista, para tratar de mantenerse en los límites de las artes. Esta disposición neutra para no querer hacerse presente, la capacidad por no hacer visible su obra salvo a través del disfraz, dan un sentido conceptual ampliado de la creación audiovisual, la poesía de acción, mediante una manera de provocar la sorpresa mediante la anulación de los soportes. Esa apropiación que cumple paradigmáticamente con la idea del artista como testigo del arte de su tiempo.







[1] “Es lícito establecer una ecuación perfecta entre el cristiano y el anarquista: su finalidad, su instinto tienden sólo a la destrucción […] El cristiano y el anarquista: ambos décadents, ambos incapaces de producir otro efecto que el de disolver, envenenar, marchitar, chupar sangre, ambos el instinto del odio mortal a todo lo que está en pie, a lo que se yergue con grandeza, a lo que tiene duración, a lo que promete un futuro a la vida…”, NIETZSCHE, Friedrich, El Anticristo, Alianza, trad. Andrés Sánchez Pascual, 1992, pp. 101-102.
[2] NANCY, Jean-Luc, La comunidad desobrada, Arena Libros, trad. Pablo Perera, 2001, p. 61.
[3] La utilización de un secreto aparentemente importante, es en el caso de Alfred Hitchcock, un recurso retórico que causa expectativa. En el caso de la apropiación de Orson San Pedro, cabe identificarlo con esa consideración del objeto artístico como Mac Guffin: “es el nombre que se da a esta clase de acciones: robar…los papeles –robar…los documentos-, robar…un secreto. En realidad esto no tiene importancia y los lógicos se equivocan al buscar la verdad del Mac Guffin. En mi caso, siempre he creído que los papeles, o los documentos, o los secretos de construcción de la fortaleza deben ser de una gran importancia para los personajes de la película, pero nada importantes para mí, el narrador”, TRUFFAUT, François, El cine según Hitchcock, trad. Ramón G. Redondo, 2000, p. 127.
[4] “Se observará que la fórmula, I prefer not to, no es una afirmación o una negación. Bartleby “no rehúsa, pero tampoco acepta, avanza y retrocede en este avance, se expone un poco en una leve retirada de palabras”. El abogado se sentiría aliviado si Bartleby no quisiera, pero Bartleby no se niega, sencillamente rechaza un no-preferido (la relectura, los recados…) Y Bartleby tampoco acepta, no afirma un preferible que consistiría en seguir copiando, se limita a plantear su imposibilidad”, DELEUZE, Gilles, “Bartleby o la fórmula”, Crítica y Clínica, Anagrama, trad. Thomas Kauf, 1996, p. 101.
[5] “Todos los límites que surcaban la teatralidad clásica (representado/ representante, significado/ significante, autor/ director/actores/espectadores, escena/sala, texto/interpretación, etc.) eran prohibiciones ético-metafísicas, arrugas, muecas, rictus, síntomas del miedo ante el peligro de la fiesta. En el espacio festivo abierto por la trasgresión, no debería ya poder extenderse la distancia de la representación”, DERRIDA, Jacques, “El teatro de la crueldad y la clausura de la representación”, La escritura y la diferencia, Anthropos, trad. Patricio Peñalver, 1989, p. 335.
[6] “La palabra soplada”, ibidem, p. 252.
[7] “Video y arte digital. Realidades virtuales e inflexiones digitales: la apropiación de los nuevos medios”, VAN PROYEN, Mark, Arte digital y videoarte. Transgrediendo los límites de la representación, ed. Donald Kuspit, Círculo de Bellas Artes, 2006, p. 94.